ME VOY A MATAAAR...Pensé en un ataque de
Pantojismo, mientras descendía no muy grácilmente de la faluca que nos había traído desde el barco. Veía
al bicho o mejor dicho, a la
manada de bichos desde lejos y ya me parecían altos, inmensamente altos, como la torre Eiffel de altos . Por más que no midieran más de lo habitual en su especie. Y es que aunque el
Camelus Dromedarius, más comúnmente llamado Dromedario y al que, a partir de ahora, nos referiremos cariñosamente como "puto camello", no mida más de 2 metros, el bicho se me antojaba terroríficamente alto.
¿Os ha ocurrido alguna vez que deseáis hacer algo que os acojona? ¿Qué estáis a punto de tirar la toalla y decir
a pata que voy, cuando ves como una señora, de las señoras de toda la vida, sube al
puto camello como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida?. ¿Qué de repente
vuestro orgullo le gana a vuestro cerebro y se te queda así como anestesiado, sintiendo sólo un leve escalofrío en la nuca, mientras te arremangas y piensas allá que voy?
Pues eso, que pensando allá que voy, me encontré sentada a horcajadas encima del bicho que me había tocado en suerte. Acojonada, con muchas moscas rondando y a punto de elevarme 2 metros por encima del nivel del Nilo con un brusco vaivén de atrás hacia delante. Lo único que me impidió salir despedida como un cohete y aterrizar a los pies del camellero, fue la mano amigable de un compañero de viaje.
Nunca he agradecido tanto que hayan estado a punto de arrancarme el brazo.
Como no hay males que por bienes no vengan, o eso dicen, mi dichosa piel blanca con tendencia a rojo nuclear había hecho que aquella mañana, y anticipando un largo día, me hubiera puesto unos pantalones de algodón largos. Bendita suerte. Según oía - exabruptos varios - el roce del pelo de camello sobre la piel no es algo demasiado agradable, especialmente en movimiento.
Una vez arriba, dos metros arriba,
todo se contempla de otra manera. Ves un palo que sale de la trapo-silla de montar justo delante de ti y te aferras a él como si en ello te fuera la vida. Cuando te arriesgas a elevar un tanto la vista ves el culo del camello que te precede. En un alarde de valentía incluso me atreví a torcer la mirada y contemplé a un muchacho que me miraba con sorna mientras me veía mecerme a toda leche sobre el camello, luchando por no marearme. Me hacía unos gestos como de empujar que yo interpreté como
chata mueve el culo hacia delante y que obedecí mientras levantaba una ceja como de
¿voy bien? y él insistía como que
más, más. Y así hasta que el palo de la trapo-silla se tropezó con
mis partes nobles ¿o fue justo a la inversa?. Y es en ese mismo momento
cuando vi el cielo.

Y no, no penséis guarrerías. Pensad mejor en míster Arquímedes y en su famoso
dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, unido a su también famoso
Eureka. En el momento en que yo conseguí mi punto de apoyo, el mundo se me antojó más luminoso, más bello y
mi expectativa de vida mucho más amplia.
Olvidé la altura, olvidé que las patas del camello sólo distaban 20 centímetros de un gran barranco destino Nilo, olvidé el pelo de camello, las moscas, los acojones. Y empecé a disfrutar de 45 maravillosos minutos en que acompasándome al ritmo cadencioso del camello, me sentí Lawrence de Arabia.
Y
bien está lo que bien acaba, pensé mientras descendía del bicho, durante aquel breve momento atemporal que pasó hasta que una horda de vendedores y tatuadores de henna nos invadieron con más frenesí que los Hunos de Atila.
Fue sin duda uno de los viajes más cansados, absurdos y maravillosos de mi vida. Incluyendo aquella interesante pelea en los baños del Museo Nacional de El Cairo o que mi culo fuera premiado como el más sobeteado por los lugareños durante nuestra expedición.
Pero todo eso, es ya otra historia.